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"Y Dios
también escribió"
por
Eduardo Devit
Buenos
Aires 1222
2132
Funes - Santa Fe
Algunos elementos
para presentar la Biblia en la catequesis...
Nos encontramos
luego de un tiempo ya transcurrido el año
catequístico. Quizás ya ha
pasado el momento de las presentaciones,
de los reencuentros, del situarnos en el
qué vamos hacer durante este tiempo,
de ponernos de acuerdo en lo que venimos
a buscar. Tal vez esto nos haya llevado
dos o tres encuentros.
Es en este tiempo
donde creemos oportuno hacer un lugarcito
especial para la Palabra, que anima los
encuentros y orienta las búsquedas...
La propuesta es dar un paso más,
y presentar esta Palabra como una palabra
famliar, amiga, que nos conoce y orienta,
porque viene de alguien que nos quiere y
que quiere para nosotros lo mejor, nuestra
felicidad ahora y para siempre.
Partiendo de
las personas
Puede ser útil
también traer a este momento a la
familia o al núcleo de amigos y amigas
de quienes participan en este itinerario
catequístico anual. Conste que no
hablamos de «catequesis sacramental»
específicamente, sino que queremos
ofrecer este aporte para quienes siguen
algún itinerario anual de catequesis
o de formación en la fe.
Como decíamos,
un primer paso estará dado por el
acercamiento específico de quienes
han alentado a quienes están en el
grupo que participa del encuentro a integrarse
al mismo. Aquí pueden mencionarse
los padres, familiares, vecinos, compinches,
amigos, amigas, novio, novia, algún
catequista de años anteriores, etc.
Personas significativas que ven el hondo
sentido de esta opción de continuar
profundizando la fe.
Todo este núcleo
de personas pueden hacerse presente mediante
cartas, escritas con esta consigna: ¿qué
desean, desde la Palabra de Dios, para quien
recibe esta carta, durante este año
que se está desarrollando en sus
inicios? Pueden ser augurios, esperanzas,
temores a evitar, manifestaciones de alegría,
etc. En síntesis: un mensaje de corazón
a corazón, que aliente a caminar
y oriente la meta a alcanzar.
En este punto,
es oportuno advertir que más que
cantidad, es preciso poner el acento en
el contenido de las cartas, y que sean escritas
por personas realmente significativas para
quienes las van a recibir. Un detalle no
menor: sería bueno también
que sean «cartas colectivas»,
es decir, cartas que lleven las firmas de
varias de las personas a las que hacíamos
referencia anteriormente.
Si bien escritas
por uno, manifiestan las intenciones y deseos
de todos los que están incluidos
en ella.
Y
Dios también escribió
Luego de leídas
las cartas, preferentemente en momentos
personales, con posibilidad de encontrarse
frente al sagrario, o en algún lugar
particular donde el grupo se reúne
para rezar con tranquilidad, se hace el
paso a la escritura de Dios.
Aquí se
recomienda también el hacer mención
a la particularidad de cada escrito. Cada
uno que lo recibe lo valora de forma particular,
pues aunque muchas personas son conocidas
por varios de los integrantes del grupo,
las relaciones son particularizadas, las
historias son propias y los contextos en
los cuales se escriben las líneas
que cada uno ha recibido son diferentes.
Así también
nos escribe Dios. Es el momento de hacer
presente el Libro de la Palabra en medio
del grupo. Es bueno que el libro que se
utilice sea un texto llamativo, de tapa
dura, que pueda ser visto fácilmente
por todos los asistentes.
Quien orienta
el encuentro se pone de pie, y presenta
al texto como la Palabra que Dios escribe
para nuestra felicidad, donde nos indica
sus ansias de felicidad para todos y cada
uno de nosotros. Al igual que las cartas
antes recibidas, se parte de esta convicicón
profunda: quien escribe, lo hace para nuestro
bien.
Es bueno comparar
ambas escrituras. Y en esto hay muchas vetas
para explorar. Sugerimos algunas: que si
bien fue escrita por alguien en particular,
la carta de nuestros amigos, por ejemplo,
tiene una carga de contenido que le viene
de todo lo que han pensado y sentido quienes
estaban junto al que escribía. Con
la Palabra surge algo similar. Si bien concretada
por alguien, o por una comunidad en particular,
tiene como trasfondo la intención
de poner al alcance el sueño de Aquel
que está en el corazón de
quien escribe.
Otra veta puede
ser el ahondar esta realidad de las circunstancias
personales en las que recibimos la Palabra.
Si nos alegramos de la misma manera al recibir
la Palabra de Dios que cuando nos dieron
los escritos de las personas que nos enviaron
sus líneas.
En todos los
casos siempre es bueno subrayar las actitudes
que emergieron en ambas recepciones de los
escritos, antes que en el contenido o en
el «deber ser», o en lo que debería
haber sido nuestra reacción, para
leer nuestros sentimientos y reacciones
frente a lo realizado.
Recibir la Palabra
Cerrando el encuentro,
puede ser un buen momento para recibir la
Palabra de Dios. Pero no el texto particular
de cada uno, sino la Palabra única
que es dirigida a todos.
Esto puede realizarse
si quien orienta el encuentro hace pasar
por todos los presentes el texto que ha
presentado como Palabra de Dios. La pasa
a quien está a su lado, cerrada y
colocando la mano derecha sobre la misma.
La sugerencia es que en un momento de silencio
pueda ser «sentida» como Palabra
de Dios para cada uno, y poner, también
en silencio, alguna intención para
todos con respecto a esa Palabra, para ese
año.
Claro que de
acuerdo a las idiosincracias del grupo (edad,
relación entre los miembros, acentuaciones
que desde la comunidad quieran hacerse...),
puede ser una intención puesta en
común, o algo que surja del diálogo
posterior entre todos.
El texto del
inicio del Evangelio de Lucas, que se dirige
a quienes se consideran «amigos de
Dios», (Lc 1, 1-4), puede ayudarnos
a centrar nuestra actitud hacia la Palabra
de Dios. A su vez, los inicios de la primera
carta de Juan (1 Jn 1, 1-3) también
puede ser un texto que vigorice este momento.
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