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Hasta
los trapos hablan
Walter
Kuhry
P.
Giaccone 1931
2000 Rosario
Frecuentemente
las ropas expresan entre los hombres las
diferencias que nosotros mismos hacemos.
A lo largo de la historia hemos creado uniformes
de todo tipo. Uniformes que expresan funciones,
profesiones, vocaciones, opciones de vida,
elecciones. De alguna manera han sido una
forma de expresar esas características.
La ropa ha sido siempre una característica
del ser humano. La ropa también ha
gritado rebeldías. Con la ropa se
intentó a veces expresar o rechazar
algunos valores. La ropa, la vestimenta
ha sido desde el principio, una fiel compañera
del hombre en su cambiante historia. Con
todo, parecería verdad que la ropa
nunca pudo expresar el ser del hombre. ¿Nunca?
Veamos que también en Jesús
la ropa tuvo su sentido...
Los pañales
Ante todo los
pañales, la primera vestidura de
Jesús. Cuando en la nochebuena, aquellos
pastores de Belén reciben el anuncio
gozoso del ángel: "hoy les ha nacido
un Salvador", reciben también la
señal para que puedan hallarlo: «encontrarán
a un niño recién nacido envuelto
en pañales y acostado en un pesebre»...
Hay palabras
que pueden parecer de relleno, más
o menos inútiles, o -en el mejor
de los casos- más o menos poéticas,
pero en el evangelio ninguna palabra está
de más. Si está, está
para decir algo, y allí tenemos que
llegar. En principio estas palabras no parecieran
un detalle llamativo ni un dato importante:
"envuelto en pañales". Una indicación
demasiado obvia. ¿De qué otra
manera podía estar un recién
nacido? Y sin embargo ésa es la señal
para poder encontrarlo y para poder encontrarlo
sin equivocaciones. Con mucha frecuencia,
en la historia humana, la ropa ha sido fundamental
a la hora de no equivocarnos en quién
es tal o cual persona, en cuál es
su función, su tarea, a qué
dedicó su vida. Así hemos
reconocido al médico, al sacerdote,
al obispo, a la maestra, al policía,
al heladero, al futbolista, al presidente...
¡Pero aquí se trata -nada menos
ni nada más- que de los pañales!
Los pañales son, entonces, una característica
que si bien este Niño comparte con
el resto de la humanidad, en Él dice
algo más, mucho más. Habrá
que leer los pañales. Los pañales,
ante todo, nos aseguran que este Niño
es verdaderamente de los nuestros, para
que, desde el comienzo, a nadie le queden
dudas. No es una apariencia, se encarnó.
Los pañales
no nos dicen lo que este Niño hace
o hará, sino lo que es. ¡Qué
mejor certificación de humanidad
que un pañal! Los pañales
son una muy buena forma de decir lo que
Pablo, después, afirmaría
con una expresión ya mucho más
trabajada: "Se hizo en todo semejante a
nosotros". Y los pañales nos van
mostrando hasta dónde entiende Dios
ese ser semejante a nosotros en "todo".
Pero además
se trata de los pañales, no de cualquier
otra prenda que hayan usado al abrigar al
Niño. Aquí tenemos una experiencia
cotidiana: los pañales siempre duran
apenas un ratito, después habrá
que cambiarlos (y en aquel tiempo, además:
lavarlos). ¡Qué nítida
e interesante imagen de la condición
humana! Los pañales muestran la fragilidad
humana, nuestra precariedad. Los pañales
muestran al hombre como un ser necesitado,
dependiente del cuidado de otros. Este Niño
del pesebre de Belén que está
envuelto en pañales podrá
comprender plenamente el corazón
de cada hombre y de cada mujer, que más
allá de la edad siempre estará
en pañales. Algo hay de pañal
en su misión, en sus actitudes.
Sus vestiduras
Fue pasando el
tiempo y muchos años después,
ya no en Belén sino en un montecito
de las afueras de Jerusalén, al pie
de la cruz. Allí los soldados romanos
se reparten sus ropas y sortean su túnica.
Aquí ya se trata de otras ropas,
no las del Niño. Quedaron muy lejos
aquellos pañales de Belén.
Ésta es una escena que también
nos registra el evangelio. Una escena que
se repetía en cada crucifixión.
Esa ropa con
la que Él habitó entre nosotros,
con la que estuvo entre los hombres. Esa
ropa con que lo hemos visto andar entre
nosotros. Esa ropa con la que Jesús
pasó haciendo el bien. Ésa
es la ropa que le sacan dejándolo
desnudo. Y en la cruz quedó desnudo.
En esta parte del evangelio cuántas
veces aparecen personas desnudas: aquel
joven que seguía a Jesús apresado
y que cuando intentan apresarlo huye desnudo.
Pedro pescando que se ciñe la túnica
porque estaba desnudo... No es poca cosa.
En realidad la desnudez nos da una mejor
valoración de la ropa. La desnudez
es una fuerte experiencia del hombre. Muchas
veces quedamos desnudos. Como siempre quedamos
desnudos ante el dolor, y más aún.
Como quedamos desnudos en la soledad. Como
quedamos desnudos en la traición.
Como quedamos desnudos ante el juicio de
los demás. Como quedamos desnudos
en la duda, en el temor. Como quedamos desnudos
ante las grandes decisiones de la vida.
Esa ropa ya empapada
de su sangre, impregnada de su sudor, de
su olor, del polvo de los caminos... La
misma ropa que aquella mujer tocó
con fe, porque con eso bastaba para quedar
curada (y así fue). Esa ropa que
ahora le roban, y que nos grita que "habitó
entre nosotros" y eso no fue broma, ni apariencia.
Esa ropa que le quitan al crucificarlo para
que veamos que se hizo carne...
Al ser desnudado
sufre el despojo. No es un simple robo (una
realidad que seguramente hemos experimentado).
Es ser desnudado. Quitar la ropa no es solamente
quitar algo material. Allí la ropa
expresa inmensamente más que en una
vidriera o que en un desfile. Es mucho más
que un objeto, tiene algo de la persona,
de su pudor.
La mortaja y
el sudario
Unas horas después
estos son los últimos trapos que
tocan el cuerpo de Jesús. Son los
últimos trapos que tocan la carne
crucificada y muerta acompañándolo
a la sepultura. Al sepultar, con esos trapos,
van también las últimas caricias,
los últimos besos, recuerdos, lágrimas...
Trapos que Él transignificará
tres días después dejándolos
tirados allí mismo, en esa tumba
ahora vacía como la única
señal de que ya no está ni
estará entre los muertos, y que desde
ahora hay que buscarlo en otro lado porque
vive para siempre. Una tumba vacía
y unos trapos tirados frente a los cuales
nuestra fe cantará: "Aleluya, ha
resucitado". Uno trapos que expresarán
la nueva y definitiva condición de
toda la humanidad.
Pero esos trapos
de la Pascua (no ya de la muerte) se quedan
entre nosotros. Y no se quedan porque Él
haya renunciado a su humanidad, sino porque
la ha glorificado. Esos trapos se quedan
entre nosotros, no porque Él se fue,
sino porque se llevó nuestra carne
en su glorificación. Los trapos se
quedan, la carne no. Desde ahora ya no habrá
otra forma de comprender la carne, su destino
es la vida y no la corrupción, es
la Pascua y no la tumba.
Esos trapos se
quedan allí, si hiciera falta, como
sustento material para nuestra fe. Es verdad
que nosotros veremos su gloria y daremos
testimonio de lo que hemos visto y oído,
pero mientras tanto estos trapos nos aseguran
que ha resucitado. Precisaremos que Él
haga el camino junto a nosotros, como lo
hizo con aquellos discípulos de Emaús
y también nosotros lo reconoceremos
al partir el pan. Claro que precisaremos
que Él vuelva a pasar por nuestras
orillas pescadoras y que vuelva a resonar
su llamada. Precisamente que vuelva a pasar
de pueblo en pueblo. Precisaremos que coma
nuevamente en nuestras mesas. Precisaremos
tocarlo (y podremos hacerlo nosotros y no
los ángeles). Precisaremos muchas
cosas. Pero la debilidad de nuestra fe no
le quitará nada de valor a esa sábana
y a ese sudario. En nuestras manos quedarán
esos trapos recordándonos que es
verdad que Dios está con nosotros
y que de todo eso, nosotros somos testigos.
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