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Adviento:
Dios viene y obra a través de lo
imprevisto
por
P.
Néstor Gastaldi
Don Bosco 50
2000 Rosario
Comenzamos también
este año el Adviento, y oramos como
las primeras comunidades diciendo "Marana
tha", "Ven, Señor Jesús".
Rezamos, pero casi diría que nuestra
oración se hace gemido, dada la situación
de nuestro pueblo y el contexto social desde
el cual parte nuestra oración.
Creo que lo
primero que conviene recordar y avivar en
nosotros, hoy más que nunca, es la
convicción de que el Señor
quiere venir y obrar en nosotros. Más:
es Él quien inspira el deseo de que
venga y nos visite. No hace mucho recibí
una postal en cuyo reverso se leía
más o menos así:
Ojalá
no olvidemos esto al comenzar este Adviento.
Ojalá que esta convicción
haga rejuvenecer nuestra confianza. En este
artículo quisiera tratar dos puntos:
-en primer lugar
decir algo sobre las características
que suele tener la venida y la acción
de Dios;
-y en segundo
lugar recordar cuáles pueden ser
las actitudes nuestras que favorecen y permiten
que Dios venga y obre en nosotros. Y esto
último sabiendo que la obra de Dios
nunca es para nuestro uso y consumo privado.
Si Dios obra en nosotros es siempre pensando
en las repercusiones que tendrá nuestro
crecimiento... en favor de nuestro entorno
familiar, comunitario, social, etc.-
Cómo
suele obrar Dios cuando viene
1.- Una de las
costumbres que tiene Dios es la de realizar
su obra en nosotros a través de la
ambigüedad de lo cotidiano, con un
ritmo que tiene poco que ver con nuestros
esquemas, nuestras impaciencias y nuestras
prisas. Porque a veces esperamos la llegada
de Dios con la actitud de las cinco jóvenes
necias de la parábola (Mt 25). Esperaban
la llegada del Novio con un amor demasiado
hipotecado por el deseo de la posesión
inmediata. Así es como se olvidaron
del aceite de repuesto: porque su amor era
ansioso, impaciente y posesivo.
Las otras cinco
jóvenes, en cambio, no olvidaron
el frasco con el aceite de la sabiduría:
sabían que el amor auténtico
se va gestando y fabricando en la paciencia
de cada día, en dejar que el Esposo
llegue cuando Él quiera... en anteponer
los tiempos y proyectos del Esposo, a la
realización de sus propios deseos.
2.- El Dios de
Jesús es el Dios de la Vida. Un Dios
que se manifiesta en el gozo de la existencia:
cuando amamos de verdad; cuando nos sentimos
queridos; cuando experimentamos la alegría
de la fecundidad, de poder construir, ayudar
y sentirnos útiles, sin buscar con
ello nuestra propia afirmación.
Pero donde más
se manifiesta la fuerza de Dios es en la
capacidad que tiene para sacar Vida de la
Muerte para transformar la muerte en manantial
de Vida, ayudándonos a dar sentido
positivo a lo negativo. Los maestros de
espiritualidad suelen referirse a ciertas
situaciones y vivencias que llaman "las
pasividades transformantes".
Para comprender
de qué se trata hay que remitirse
a lo que vivió Jesús en el
momento supremo de su Pascua: el Padre hizo
surgir la Vida de lo que humanamente no
era más que muerte y fracaso. Porque
Jesús había concentrado y
gastado sus mejores energías de tiempo
y de ilusiones juveniles en su Proyecto
de anunciar el Reino y de poner sus fundamentos.
Lo había hecho a través de
la predicación de los signos liberadores
que había realizado.
Pero ¿cuál
fue la hora decisiva de Jesús y la
más eficaz de su Proyecto? La hora
pasiva: cuando el Padre le pidió
el amor de obediencia: la pasión.
Algo que al principio Jesús no había
previsto; algo que fue la resultante de
la dureza de los acontecimientos. Porque
esta pobre tierra nuestra no supo ni pudo
soportar la Misericordia y la Gratuidad
del Amor de Dios que traía Jesús.
Bastaron dos años para que se gestara
el conflicto y el rechazo. Y la obediencia
de Jesús consistió en no retirarse,
en no escapar de la escena. En ser fiel
y obediente a sí mismo y a su Proyecto,
que coincidía con el de su Padre.
Con esto Jesús
nos enseña que el gesto más
auténtico y supremo que puede hacer
un hombre libre se da en situaoiones-límite
como fue la pasión... y se llama
"consentimiento": aceptación serena
y confiada. Es en esas circunstancias donde
se prueba a fondo nuestra libertad.
Por supuesto
que esto se hace muy difícil de comprender
y de aceptar para nuestra sociedad y cultura,
que huye de todo lo que sea frustración,
finitud y muerte. Lo oscuro, lo incontrolable
lo imprevisible, le produce angustia al
hombre de hoy. Para entrar en esa actitud
de aceptación serena y confiada que
se llama consentimiento se necesita haber
descubierto que en la vida todo es Gracia.
Se necesita también haber aprendido
la desapropiación, el desprendimiento...
como una de las leyes básicas que
rigen la existencia. Y vivir todo esto sin
dramas. Más aún: con paz y
alegría.
3.- Hay que señalar
todavía otra característica
de la acción del Dios del Adviento
que quiere venir para traernos la salvación:
basta recorrer las biografías de
los santos. Ellos nos cuentan que en general
parece que Dios no tiene apuro y necesita
tiempo y corazones disponibles. Sin embargo
nos dicen también que Dios a veces
es como que acelera su trabajo: el discípulo
se encuentra de pronto ante situaciones
que exigen "auténticos saltos, renuncias
imprevisibles, temporadas de fuerte sufrimiento
que cree no poder soportar".
Es el caso por
ej. de una enfermedad grave. Se ve que Dios
está allí, porque la persona
dispone de pronto de energías espirituales
desconocidas. Se trata -dicen- de experiencias
puntuales. Los frutos de la enfermedad no
son permanentes y el proceso espiritual
suele regresar a posiciones anteriores.
Sin embargo, la experiencia vivida no deja
de ser un paso muy importante para el propio
crecimiento interior.
Actitudes que
preparan y favorecen la venida de Dios
Conocemos la
recomendación de Jesús sobre
la vigilancia (Lc 12,42ss) así como
aquella otra del "niégate a ti mismo
y toma tu cruz cada día" (Lc 9,23).
Se han escrito docenas de páginas
sobre este tema. Yo quisiera limitarme a
señalar y subrayar algunos matices.
1.- El primero
se refiere a lo que podríamos llamar:
obedecer como Jesús a la realidad.
Y esto quiere decir que la calidad, el temple
de nuestro amor en el seguimiento de Jesús
no se prueba con nuestros planes y programas
de ascesis y de mortificación. Se
prueba más que nada en los momentos
en que nos llega una cruz impuesta y no
buscada.
Más de
un maestro de espiritualidad piensa que
la principal tarea y mortificación
del discípulo que se encuentra a
mitad del camino consiste en la obediencia
a la realidad. ¿Qué sucede con
la mayoría de nosotros? Que vivimos
alimentando deseos idealistas que tratamos
de imponer a Dios y a las cosas. En nuestra
vida espiritual todavía hay mucho
amor propio.
Necesitamos desprendernos,
desapropiarnos, y esto lo hace Dios invitándonos
a una escucha permanente y serena de la
realidad para vivir y disfrutar la riqueza
polivalente que tiene esa realidad en cada
momento.
La actitud evangélica
de la vigilancia consistiría mucho
más en esto que en vivir a base de
horarios y programas preestablecidos de
perfección. Porque la realidad de
la vida nos brinda satisfacciones y momentos
muy gratos y gratificantes, "como pueden
ser por ej. los encuentros con los seres
que amamos, o las vivencias en que nos sentimos
útiles y fecundos, porque podemos
ayudar a un hermano necesitado...
Pero la vida
nos ofrece también con mucha frecuencia
renuncias dolorosas desde la partida al
cielo de un ser querido vivida como una
pérdida hasta los fracasos, enfermedades
y achaques, así como los conflictos
afectivos y otros acontecimientos imprevistos.
A esto hay que sumar la dureza de lo cotidiano,
que en ciertos días sentimos con
más fuerza. Sin contar las otras
limitaciones inherentes a nuestra condición
humana como las molestias de la geografía
(el frío y el calor, el paso del
tiempo, la humedad que nos agobia). Hay
épocas en que sentimos más
fuerte la dureza de las distancias o de
la convivencia así como ciertos olvidos
nuestros y de los demás que nos acarrean
problemas y pérdidas de tiempo y
de energías.
2.- La obediencia
a la realidad sería una forma y una
actitud más bien pasiva de caminar
hacia la madurez. Mientras que la actitud
activa consistiría en el esfuerzo
que el discípulo se exige a sí
mismo para alcanzar sus ideales y sus proyectos
de servicio. Pero a medida que se va caminando
el Espíritu empuja para que lo pasivo
y lo activo se vayan unificando en una síntesis
superior: el Amor, el Amor teologal. Y lo
que más ayuda para lograr esta síntesis
es el vivir esos momentos difíciles
en que se experimenta el sin-sentido: momentos
de aparente pasividad, porque sentimos como
que Dios se nos impone. Pero momentos en
que tenemos que responder activamente viviendo
esas etapas con máxima intensidad:
hay que elaborar el sin-sentido. Como decíamos
más arriba, es lo que hizo Jesús
en su Pasión: no buscó esa
"hora de las tinieblas": obedeció
aceptándola sin escaparse, con aparente
pasividad. Pero, ¿cuánta entrega
de amor activo se encerraba en esa obediencia?
3.- En lo que
venimos diciendo se encierra aquel otro
gran criterio o paradoja de la vida espiritual
que podemos formular así:
Algo sustantivo
de la sabiduría de la vida consiste
en descubrir que llevamos dentro de nosotros
"una fragilidad que nos hace fuertes" y
"una pobreza que nos libera y enriquece".
"Cuando me doy cuenta que soy débil
es cuando soy fuerte" (2 Cor 12,9-10).
Descubrir la
relación grande que tienen nuestros
fracasos e impotencias con nuestro crecimiento,
cuando no sólo aceptamos la negatividad
de la vida, sino que sabemos elaborarla
dándole una densidad nueva y sondeando
la riqueza que se esconde en ella. ¿Será
necesario repetir que todo esto es Gracia?
4.- Y va una
cuarta observación para terminar:
los maestros de espiritualidad suelen hablar
también de estar preparados como
Jesús para "la hora de Dios". Es
la hora escatológica, en la que Dios
atropella y permite que se desencadene el
poder de las tinieblas. Así se expresa
Jesús en Lc 22,53 cuando llegan a
Getsemaní para arrestarlo. "Esta
es la hora de ustedes, cuando domina la
oscuridad".
De esta hora
nos han hablado también muchos santos.
Y al discípulo de Jesús suele
sucederle como a Pedro cuando Jesús
le anuncia su destino mesiánico de
Cruz. Pedro se escandaliza y quiere disuadirle
de marchar a Jerusalén. Jesús
lo reprende severamente y permite que Pedro
toque fondo con su pecado de miedo y cobardía.
No tiene otro camino para despojarlo de
su narcisismo religioso, y prepararlo así
para que Dios pueda hacer su obra. Prepararlo
para que vaya naciendo en Pedro esa fe pascual
que lo llevará más tarde a
seguir a Jesús hasta la misma muerte.
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