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La relación
con el Padre
por
José Ma. Castillo
A primera vista
decir que Dios es "Padre" más aún,
decir que Dios es EL Padre, nos produce
una impresión positiva y gratificante,
que, en cualquier caso, nos tendría
que reconfortar, nos debería dar
paz y sosiego, de manera que la religión
y las experiencias religiosas le deberían
proporcionar a todo el mundo, confianza,
esperanza y felicidad, dando sentido a la
vida de cada cual. Los hechos, sin embargo,
contradicen todo esto. Porque la vida de
muchas personas, en su intimidad secreta,
encuentra en la relación con Dios-Padre,
tantos problemas, tantas dudas, tantas dificultades,
que en lugar de una experiencia de paz y
sentido, esa relación se convierte
en un problema constante y, a veces, en
una carga pesada, hasta el punto de que
son muchos los que acaban por prescindir
del asunto de Dios. Y, como es bien sabido,
son muchos los que niegan y hasta combaten
la existencia misma de ese Dios. ¿Por
qué ocurre esto? De sobra sabemos
que hay gente buena y que sin embargo, ni
son personas religiosas ni por tanto, se
interesan por el tema de Dios.
El problema puede
tener varias raíces. Por eso, para
empezar a aclararnos, lo primero ha de ser
pensar lo que representa en esta vida un
padre, cualquier padre, para su hijo.
Tal como normalmente
funcionan en este mundo las relaciones entre
padre e hijo, sabemos que el padre es para
el hijo, en primer lugar, protección
frente a cualquier amenaza. Esto es una
cosa que casi todo el mundo experimenta,
concretamente cuando se trata de niños
pequeños. Porque entonces, naturalmente,
el niño se siente más desprotegido
y percibe por eso la necesidad del amparo
que le puede y le suele proporcionar cualquier
padre normal a su hijo.
De ahí
el desamparo en que viven tantos huérfanos
o niños de la calle, que quizás
ni han conocido a su padre y se sienten,
por eso, más desprotegidos e indefensos.
En segundo lugar,
el padre es para el hijo: seguridad, lo
cual es decisivo en la vida de cualquier
persona. Y esto por lo que acabamos de decir.
Frente a tantas amenazas como hay en la
vida, saber que hay alguien con quien me
puedo sentir seguro, es determinante para
que una persona se pueda sentir bien y no
acabe siendo un desgraciado. Por experiencia
sabemos que la inseguridad ante el presente
y ante el futuro que nos aguarda es una
de las cosas que más desquician a
las personas.
En tercer lugar,
el padre es para el hijo, explicación,
de todo lo que el niño no sabe explicar.
Por eso los niños,
cuando empiezan a hablar no paran de preguntar
a los padres. Como un niño pequeño
no sabe casi nada, la explicación
de casi todo, la busca en quienes para él,
lo saben todo.
Por último
el padre es para el hijo: poder y autoridad,
porque en la cultura machista y androcéntrica
en que seguimos viviendo, el padre suele
ser el que manda en casa. Por lo menos,
socialmente está admitido que el
padre es la autoridad última. Y esto
es algo que percibe el niño, aunque
no sepa decirlo. Y aunque los mayores no
se den cuenta de lo que el niño vive
y experimenta.
El padre ordena
lo que hay que hacer y prohíbe lo
que no hay que hacer.
Además
el padre censura al hijo que se porta mal.
Y si es necesario lo castiga. Lo que significa
que relacionarse con el padre, es encontrarse
no sólo con el cariño, la
bondad y la protección sino también
con lo que está prohibido, con lo
que muchas veces está mal visto,
con lo que la sociedad censura y descalifica,
y también con lo que merece un castigo.
Ahora bien, si:
protección, seguridad, explicación
y poder, se dan en la relación del
hijo con el padre, se comprende perfectamente
que semejante relación presente no
pocos problemas en la intimidad de la vida
de muchas personas. Sobre todo cuando se
trata de la intimidad de la vida en cuanto
se refiere a la religión y a la relación
con Dios. Porque desde el momento que a
Dios le ponemos el nombre de Padre, y lo
entendemos como el Padre, inevitablemente
se plantean problemas por todas partes.
Empezando por lo más evidente. Si,
efectivamente, Dios es el Padre, en Dios
tendría que encontrar cualquier persona
la protección y la seguridad que
necesita. Pero resulta que muchas veces
no es así. De manera que con demasiada
frecuencia hay gente que ni cree ni acude
a Dios para nada, pero resulta que a esa
gente le va muy bien en la vida, mientras
que otras personas que tienen una fe ciega
en Dios, se ven sometidas a situaciones
insoportables y tiene que sufrir desgracias
y contradicciones que nadie se imagina.
Entonces es lógico preguntarse: ¿para
qué me sirve a mí este Padre
supremo y poderoso, si a la hora de la verdad
yo tengo que pasarlo peor que los que no
creen en semejante Padre ni se consideran
hijos de Él ni le hacen caso para
nada?
Otro problema:
decimos también que el Padre, cualquier
Padre es fuente de explicación de
las mil cosas que el hijo no sabe explicar.
Pues bien, si esto es así, al afirmar
que Dios es el Padre supremo, que lo sabe
todo, en sana lógica habría
que decir también que en Dios encontramos
la explicación de todo lo que, para
cualquier ser humano no tiene explicación.
Eso es lo que
debería de ser. Pero de sobra sabemos
que no es así. Todo lo contrario.
Lo que está sucediendo es que a medida
que la ciencia avanza, y los conocimientos
humanos se perfeccionan, la gente tiene
cada vez menos necesidad de recurrir a Dios,
para explicar lo que antes nadie sabía
explicar. Por eso la gente se fía
cada vez más de los sabios y menos
de los curas.
Así la
ciencia va ocupando el lugar central que
antiguamente ocupaba la religión.
Pero el problema
más importante que nos plantea la
idea de Dios como Padre, se refiere al tema
del poder y de la autoridad. Aquí
la cosa es mucho más complicada porque
toca lo más hondo de nuestra intimidad
personal.
Ante todo hay
algo que resulta evidente para cualquier
ser humano: por una parte todos necesitamos
en esta vida: protección en las dificultades,
seguridad en los peligros, y explicación
de lo que no sabemos.
Pero por otra
parte el padre es también poder y
autoridad que manda y prohíbe, amenaza
y castiga...
Y la experiencia
nos enseña que hay padres que castigan
más de la cuenta, o amenazan con
tanta severidad, que los hijos sienten verdadero
miedo o terror ante la figura paterna. Ahora
bien, esto provoca un serio conflicto en
la intimidad de las personas. Un conflicto
tan íntimo que mucha gente no llega
a tomar conciencia en toda su vida de lo
que realmente le pasa.
El respeto al
padre bloquea en tales personas hasta la
capacidad de pensar en las raíces
profundas de problemas que viven todos los
días en sus relaciones con los demás,
sobre todo cuando se trata de las relaciones
con lo que, de alguna manera representa
autoridad y poder.
Por otra parte,
si es cierto que todos los humanos necesitamos
explicación, seguridad y protección,
no es menos verdad que necesitamos, apasionadamente
ser libres. Pero si resulta que el padre
es la representación del poder y
la autoridad y por lo tanto, el que prohíbe
y censura, incluso el que amenaza y castiga,
entonces, cualquier persona encuentra en
la misma figura paterna, lo que más
necesita en esta vida y también lo
que más detesta.
De ahí
que el padre es alguien de quien no podemos
prescindir. Pero al mismo tiempo es alguien
a quien instintivamente rechazamos. Todo
esto toca en zonas tan íntimas de
la vida humana, que mucha gente no lo advierte
ni sabe explicárselo a sí
misma. Y entonces, lo que la mayor parte
de las personas suele sentir, es un profundo
respeto con mezcla de cariño y admiración
por un lado, (seguramente los más
frecuentes) o con sentimientos de rechazo
(a veces fuerte), en otras ocasiones.
Lo que mucha
gente no se imagina, es que la imagen de
padre que todos tenemos en esta vida, determina
decisivamente la imagen que cada uno lleva
dentro sobre lo que es Dios. Por eso hay
tantas personas a las que le resulta un
problema enorme, creer en Dios como Padre
que quiere a sus hijos.
Y hasta hay individuos
que se sienten incapaces de creer en Dios.
Porque hablarles de eso es lo mismo que
mencionar castigos y amenazas, humillaciones
y, en cualquier caso, censuras y privaciones
de su propia libertad.
Es demasiado
frecuente el caso de personas que no han
enterrado a su padre, aunque hace muchos
años que está en el cementerio.
Para esas personas aunque ellos mismos se
estén muriendo de viejos, el padre
que tuvieron sigue vivo, es decir, sigue
siendo la norma de su vida y de sus comportamientos,
la fuerza que moviliza su forma de pensar,
la imagen que inconscientemente quieren
reproducir, o también el fantasma
que rechazan y el esperpento que no soportan.
Naturalmente
de esto nadie habla, pero la vida es así...
Por lo que se
refiere a nuestra relación con Dios,
el sicoanálisis nos ha descubierto
la íntima conexión que existe
entre la imagen del padre (que cada uno
lleva en su intimidad más secreta)
y la creencia en Dios.
Además
por este camino hemos aprendido que el Dios
personal, es, desde el punto de vista psicoanalítico,
"un padre magnificado".
Dios surge como
figuración de un padre poderoso que
nos defiende de los peligros y amenazas
que reactivan en nosotros la primitiva indefensión
infantil y con ella, la protección
que tuvimos en nuestros progenitores.
Ilusión
de Padre, también, sustentando el
orden moral con promesas de premios que
recompensan por tantas renuncias efectuadas
a nivel pulsional o con amenazas por las
transgresiones cometidas.
Así Dios
es sentido, experimentado y vivido como
Padre. Lo cual lleva consigo, como es natural,
ideas que nos reconfortan y experiencias
que nos gratifican. Pero al mismo tiempo,
la imagen paterna de Dios, es origen de
problemas muy hondos en muchas personas.
Problemas de los que casi nadie habla, entre
otras cosas porque son muchos los que no
saben lo que les pasa con este misterioso
reconocimiento de Dios como Padre!.
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