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Artémides Zatti: El enfermero santo de la Patagonia

Néstor Alfredo Noriega
Pte. Roca 150
2000 - Rosario

 

Joven inmigrante, apuesto y piadoso

Tras las huellas del Divino Pastor, que "pasó haciendo el bien y curando a todos los que habían caído en poder del demonio" (Hechos 10, 38), Artémides Zatti ejercitó durante toda su vida consciente una evangélica caridad, una prodigiosa solicitud en favor de tantos enfermos y pobres a quienes, decidida y gozosamente, brindó lo mejor de sus energías y realizaciones.

El nuevo Beato nació el 12 de octubre de 1880 en la localidad de Boretto, perteneciente a la diócesis de Guastalla (Reggio Emilia, Italia). Era hijo de Albina Vecchi y Luis Zatti, humildes campesinos que tuvieron ocho hijos y a quienes dieron una sólida educación cristiana. En 1887 recibió el sacramento de la Confirmación. Había sido bautizado en la iglesia parroquial el mismo día de su nacimiento. Entre 1886 y 1889 el pequeño Artémides trabaja como peón de campo junto a una familia de agricultores pudientes. La pobreza y la fatiga que sufrió de niño determinaron su temperamento vivaz, abierto y generoso.

En 1896, con sólo 16 años, emigra con su familia a la Argentina y se radica en Bahía Blanca, ciudad cuyas condiciones morales y religiosas eran bastantes pobres, debido al gran número de inmigrantes anarquistas y masones que albergaba. Con todo, la familia de Luis Zatti permaneció inalterablemente fiel a los principios cristianos y continuó frecuentando la iglesia y siendo amiga de los sacerdotes, como lo había hecho en Italia. En Bahía Artémides trabajó primero en un albergue y luego en una fábrica de baldosas. Era un joven apuesto, alto y de alegres facciones que retrataban la limpieza de su espíritu y de sus ideales.

Entre tanto, se había hecho amigo del párroco, Don Carlos Cavalli, quien fue su amigo y confidente, su confesor y director espiritual. Lo acompañaba en la visita a los enfermos y en las exequias, le hacía de ayudante en la celebración de la Misa y, gratuitamente, se encargaba del cuidado y limpieza del edificio parroquial.

Tuberculoso y milagrosa curación

Invitado por Don Cavalli a encaminarse hacia el sacerdocio, recibió con entusiasmo tal invitación y, en el año 1900, ingresó como aspirante en el seminario salesiano de Bernal, cerca de la ciudad de Buenos Aires. Pronto demostró allí tener dotes de inteligencia, fortaleza de voluntad, espíritu de sacrificio, fervor religioso y dócil obediencia a los superiores.

El nuevo género de vida, el clima distinto, la alimentación escasa para un mocetón de 20 años, los trabajos y las fatigas que con alegría e intrepidez enfrentaba y, sobre todo, el asiduo cuidado que le brindaba al joven sacerdote Ernesto Giuliani, enfermo de tuberculosis, influyeron en su salud, por lo que, débil y cansado, contrajo la tuberculosis, dolorosa e incurable enfermedad por aquellos tiempos.

Para que atendiera mejor a su quebrantada salud, fue enviado a Bahía Blanca junto a sus familiares y luego, por gestiones de Don Cavalli, a la comunidad de Viedma. Allí lo esperaba el sacerdote-médico Don Evasio Garrone, quien, además de cuidar de su salud, fue su mentor y consejero, su confesor y director espiritual. Garrone era director del Hospital "San José", fundado por Monseñor Cagliero en 1889. Era el único que había en toda la Patagonia y tenía una farmacia anexa. Preocupado por la salud de Artémides, el Padre "dotor", como la gente llamaba a Garrone, le propone hacer a la Virgen Santísima María Auxiliadora la promesa de que si recuperaba la salud, se quedaría allí, a su lado, ayudándole en la atención de los enfermos. Paulatinamente, después de cuatro años quedó perfectamente sano y, según lo había prometido, dedicó el resto de su vida en favor de los enfermos. En 1908 emitió, como hermano laico, los votos temporales y, en 1911, los perpetuos. El deterioro de su salud había tronchado sus vehementes ideales de sacerdocio.

Responsable y factótum del Hospital "San José" de Viedma

Entre tanto, continuó trabajando cada vez más responsablemente en la Farmacia y en el Hospital, del que pronto será su administrador y su factótum desde 1911 (cuando fallece el Padre Garrone) hasta su muerte en 1951. Con inteligencia, con competencia (obtuvo en la Universidad de La Plata los títulos de Enfermero y de Idóneo en Farmacia) y con una eminente caridad desarrollaba sus múltiples tareas, buscando sobre todo la gloria de Dios y el bien del prójimo, convirtiéndose en el buen Samaritano de tantos cuerpos y espíritus malheridos (cfr. Lucas 10, 33-35).

Con ahincado y perseverante esfuerzo logró que las estructuras del Hospital fueran más funcionales, proveyó a la formación profesional de médicos y enfermeras, se prodigó con lo mejor de su rica personalidad en el alivio del dolor físico y espiritual de los enfermos, preocupándose por restituirles la salud física y espiritual, y convirtiendo así cada momento de su diario trabajo en un continuo y específico apostolado.

Siempre en bicicleta religioso responsable y jovial

Todos los días, de día y de noche, recorría las calles de Viedma y de Patagones para asistir a los enfermos más pobres en sus casas. Fue también enfermero del Colegio Salesiano San Francisco de Sales y del Colegio de las Hijas de María Auxiliadora, como también de la cárcel de Viedma; fue animador espiritual del Círculo Católico de Obreros; participaba de la vida parroquial y diocesana y, pese a sus muchas obligaciones, asistía siempre y puntualmente a los actos de su comunidad religiosa. Su total entrega a Dios y al prójimo se manifestaba en la fe simple y sólida, y en la profunda y gozosa caridad que testimoniaba con las palabras y con las obras en todas las circunstancias de su vida, y que alimentaba con los sacramentos, la oración, la meditación y la ferviente devoción a la Eucaristía y a la Virgen María. Por amor a Dios observaba diligentemente las leyes civiles, los votos religiosos, la vida de comunidad, la Regla. Con certeza y constancia sobrellevó muchas molestias, soportó pesadas cargas y largos agobios y trabajó eficazmente en la edificación del Reino de Cristo, haciendo fructificar, sabia y generosamente, los talentos recibidos.

Alimentó una encendida fe en la divina Providencia, en la que confiaba ciegamente; vivió desapegado de los bienes transitorios y difundió a su alrededor optimismo y alegría, consuelo, esperanza y paz. Don Artémides fue un hombre justo, siempre dueño de sí mismo, prudente y de gran fortaleza en lo referente a su vida consagrada y a la tarea que los superiores le fueron confiando.

Postración, muerte y fama de santidad

En 1941 presenció y vivió, con lancinante dolor, la demolición del Hospital - que por tantos años había sido su campo de acción, la obsesión, y la palestra de su apostolado - para dar lugar a la construcción de la residencia episcopal y de la curia diocesana. Organizó entonces el traslado de los enfermos a los locales de la Escuela Agrícola San Isidro, que los Salesianos tenían en las afueras de Viedma. Allí, con enormes dificultades económicas y de relación, pudo continuar su obra. En 1947 lo eximieron de la administración del Hospital.

En julio de 1950, arreglando un techo se resbaló y se cayó de la escalera. Fue un golpe muy fuerte y duro. Se le ordenó, entonces que hiciera reposo; lo que él aceptó sólo por obediencia. Pero no recuperó ya más las fuerzas y en noviembre de ese año aparecieron las inequívocas señales de un cáncer al hígado. Con admirable serenidad, paciencia y fortaleza de espíritu soportó molestias y dolores muy agudos. Pero a la vez, no perdió su buen humor y su afán de ayudar a los enfermos. El mismo redactó, de puño y letra, su certificado de defunción pocos días antes de morir.

Se adormeció santamente en el Señor el 15 de marzo de 1951, gozando ya de una difundida fama de santidad, lo que se manifestó en forma extraordinaria durante las exequias, de las que participaron mucha gente del pueblo y numerosas autoridades religiosas y civiles. &endash; "Ha muerto un santo, un santazo", era lo que todos repetían.

"No hay que dejar que su patrimonio se pierda"

El proceso de la Causa de su Beatificación fue bastante rápido y contó siempre con el unánime consenso de los Teólogos Consultores y de la Consulta Médica que estudiaron a fondo sus virtudes y la curación extraordinaria concedida por su intercesión a Carlos Bosio. Fue declarado Venerable el 7 de julio de 1997. Y en enero de este año Juan Pablo II anunció que el 14 de abril próximo Artémides Zatti sería beatificado.

 

Quiero concluir esta brevísima semblanza transcribiendo dos párrafos del Padre Juan Edmundo Vecchi, Rector Mayor de los Salesianos, fallecido el 23 de enero pasado. Él había conocido muy bien a Don Zatti, quien además era su tío.

En primer lugar Don Vecchi se refiere a cómo la gente consideraba santo en vida a don Zatti al descubrir su "caridad compasiva y pronta": "De Zatti corrían anécdotas, dichos, impresiones y juicios: un mosaico lleno de color construido con gestos cotidianos y hechos extraordinarios. A través de ellos la gente llegaba por línea directa a una conclusión: era un santo. Lo reconocía espontáneamente. No necesitaba un concepto elaborado de santidad al cual ajustarse ni complicados criterios de discernimiento. Era una intuición, el olfato popular que descubre en la caridad compasiva y pronta, como la del Buen Samaritano, la energía del Espíritu, el signo de Jesús y la presencia del Padre".

Y luego insiste Don Vecchi en que no hay que dejar que el patrimonio espiritual de Zatti se pierda, pues él quiere y puede ahora, desde su santidad glorificada, continuar ayudando a la gente que confía en su intercesión: "El próximo paso es la Beatificación. Es una devolución de su persona glorificada en Cristo a la gente que él amó y a la cual puede seguir sirviendo con su memoria, su ejemplo y su intercesión. No hay que dejar que su patrimonio se pierda." (Ambos párrafos de Don Vecchi pertenecen a la Presentación de la biografía de mi autoría: "Artémides Zatti: el Hombre, el Apóstol, el Santo". Ediciones Didascalia, Rosario, 1997, pag. 5 y 9).

Conclusión

Como necesario complemento de su Beatificación los conocedores, devotos y amigos de Don Zatti deberemos esforzarnos por promover y lograr en su nombre un auténtico movimiento de caridad encuadrado en la pastoral de la salud (enfermeros, médicos, enfermos, asistentes sociales, sicólogos, sacerdotes...), tan necesaria en todo el mundo en estos dificiles tiempos que vivimos. Porque desde la cima del altar el Beato Artémides Zatti sigue siendo, como lo fue aquí abajo, aunque con mayor poder y eficacia, "el pariente de todos los pobres", el "buen samaritano" de tantos malheridos en el cuerpo o en el espíritu, el humilde y bondadoso "héroe de la caridad".

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