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¿Cuál
fue el primer milagro que hizo Jesús?
por
Ariel Álvarez Valdés
El prodigio
indeciso
Si alguien nos
preguntara cuál fue el primer milagro
que hizo Jesús, no dudaríamos
en responder que fue el del agua convertida
en vino durante una fiesta de bodas, en
la ciudad de Caná de Galilea. El
mismo evangelio de San Juan lo dice expresamente:
"Éste fue el primer signo que hizo
Jesús, en Caná de Galilea,
con el cual mostró su gloria, y sus
discípulos creyeron en él"
(Jn 2,11).
Sin embargo para
los otros tres evangelistas (Mateo, Marcos
y Lucas), ése no fue el primer milagro
realizado por Jesús. Más aún:
ni siquiera se enteraron de ese milagro.
Para ellos no existe. Y en su lugar cada
uno relata otro "primer" milagro.
Así, en
San Marcos (y San Lucas), figura la curación
de un endemoniado en la sinagoga de Cafarnaún.
Y en San Mateo, la curación de un
leproso luego del sermón de la montaña.
¿Por qué
los evangelistas no están de acuerdo
sobre el primer milagro de Jesús?
¿Por qué cada uno da una versión
diferente? Porque ellos no pretendieron
contar a sus lectores lo que históricamente
hizo Jesús con su actividad milagrosa,
sino transmitirles un mensaje religioso,
que cada uno adecuó como mejor le
pareció.
Los espíritus
de la sinagoga
El evangelio
de Marcos, que es el más antiguo,
relata así el primer milagro de Jesús:
"Jesús
y sus discípulos entraron en Cafarnaún.
Y cuando llegó el sábado,
fue a la sinagoga y se puso a enseñar.
Todos quedaron asombrados de su enseñanza,
porque les enseñaba como quien tiene
autoridad, y no como los escribas. Había
en la sinagoga de ellos un hombre poseído
por un espíritu inmundo, que se puso
a gritar: «¿Qué quieres
de nosotros, Jesús de Nazaret? ¿Has
venido a destruirnos? Yo sé quién
eres tú: eres el Santo de Dios».
Jesús
entonces lo reprendió: «¡Cállate
y deja a ese hombre!» El espíritu
inmundo sacudió violentamente al
hombre, y dando un fuerte grito salió
de él. Todos quedaron asombrados,
y se preguntaban unos a otros: «¿Qué
es esto? Una enseñanza nueva, llena
de autoridad. Da órdenes hasta a
los espíritus inmundos, y le obedecen».
Y su fama se extendió rápidamente
por todas partes, en toda la región
de Galilea" (Mc 1,21-28).
El aire lleno
de espíritus
Para entender
por qué Marcos cuenta este milagro
como el primero de Jesús, hay que
tener en cuenta que él escribe su
evangelio para los cristianos de Roma, es
decir, para cristianos de origen pagano.
Y los quiere convencer del enorme poder
y de la autoridad de Jesús.
Ahora bien, para
el ambiente pagano antiguo, especialmente
el romano, no había quizás
demostración de poder más
grande que el exorcismo. En efecto, antiguamente
se pensaba que muchas de las enfermedades
y los males que sufría la gente se
debían a los demonios que entraban
en el cuerpo de las personas para atormentarlas.
Según la mentalidad popular, el aire
estaba infestado por miles de estos espíritus
inmundos al acecho del momento oportuno
para introducirse en el hombre. Y una vez
adentro, el enfermo sólo podía
librarse mediante la ceremonia del exorcismo,
que para colmo no siempre resultaba eficaz.
Sólo alguien con mucho poder podía
enfrentar a esos espíritus.
Por escritores
de la época, como Flavio Josefo (que
escribió justamente en Roma), sabemos
que la ceremonia era muy compleja. Se tomaba
un anillo de metal, y se le ataba la raíz
de una planta especial. Luego el exorcista
lo colocaba en la nariz del endemoniado,
y recitaba una serie de encantamientos secretos
conminando al demonio a abandonar al hombre
y no volver jamás. Para que la liberación
del poseso quedara demostrada, el espíritu
debía derramar, al salir, un recipiente
con agua colocado a distancia.
Pero había
más. La raíz de la planta
usada en el exorcismo no era fácil
de conseguir. Y una vez hallada, resultaba
difícil de sacarla pues se resbalaba
de las manos. Para poder extraerla había
que echar sobre ella la orina de una mujer.
Y luego de ser arrancada, quien la tocaba
moría, a menos que la enrollara en
el brazo mediante un rito especial.
Exorcismos de
frontera
Frente a un ritual
tan complejo, y poco efectivo, Marcos elige
como primer milagro un exorcismo, precisamente
para mostrar a sus lectores romanos el enorme
poder de Jesús, muy superior a lo
que hasta entonces ellos habían conocido.
De este modo les enseña que, quien
se pone del lado de Jesús, puede
derrotar a las fuerzas más poderosas
del mal, aquéllas que tanto los intranquilizaban
y asustaban.
Por eso, como
para los lectores de Marcos el exorcismo
tenía una significación especial,
cada vez que Marcos cuenta un exorcismo
(cuatro en total) lo ubica en las fronteras
del país. Así, el primero,
el del hombre de la sinagoga (1,22-28),
ocurre en Cafarnaún, ciudad limítrofe
con el país de Gaulanítide.
El segundo, del endemoniado de Gerasa (5,1-20),
tiene lugar "en la otra orilla del mar",
es decir, en tierras paganas fronterizas
a Palestina. El tercero, de la hijita de
la siro-fenicia (7,24-30), sucede "en la
región de Tiro", país del
límite norte de Palestina. Y el cuarto,
del joven epiléptico (9,14-24), se
produce (según las indicaciones geográficas
de Marcos) "en la región de Cesarea
de Filipo (8,7), es decir, en el territorio
no judío colindante con Galilea.
Todos los exorcismos
que Marcos relata se convierten, pues, en
un vigoroso mensaje para sus lectores: el
poder y la fuerza de Jesús de Nazaret
están al servicio sobre todo de ellos,
los paganos. De ellos, muchas veces perseguidos
y postergados. De ellos, que estaban en
las fronteras de la vida, y en el margen
de la sociedad.
Sin párpados
ni orejas
Diez años
después de Marcos, escribe Mateo
su evangelio. Sus destinatarios ya no son
(como en el caso de Marcos) de origen pagano,
sino en su mayoría creyentes de origen
judío, y por lo tanto impregnados
por la mentalidad y la cultura de este pueblo.
Por eso Mateo elegirá como primer
milagro de Jesús la curación
de un leproso. El relato dice así:
"Cuando Jesús
bajó del monte, lo fue siguiendo
una gran muchedumbre. Entonces se le acercó
un leproso, y se arrodilló ante él
diciéndole: «Señor, si
quieres puedes limpiarme». Jesús
extendió la mano, lo tocó
y le dijo: «Quiero, queda limpio».
Y al instante quedó limpio de su
lepra. Entonces Jesús le dijo: «Mira,
no se lo digas a nadie. Vete y preséntate
ante el sacerdote y llévale la ofrenda
que ordenó Moisés para que
les sirva de testimonio»" (Mt 8,1-4).
¿Por qué
Mateo eligió éste como el
primer milagro de Jesús? Porque para
la mentalidad judía de aquel tiempo
(como para muchas culturas antiguas) no
había quizás enfermedad más
terrible y espantosa que la lepra.
Si bien en ese
entonces se llamaba "lepra" a cualquier
afección de la piel, algunos testimonios
que conocemos de esas patologías
son pavorosos: se caían las orejas,
se desprendían los párpados,
la piel se volvía una masa ulcerosa,
y se perdían paulatinamente los dedos
de las manos y los pies. Poco a poco los
músculos del cuerpo se desintegraban,
y las manos se contraían hasta adquirir
el aspecto de garras o pezuñas. Entonces
el enfermo perdía la razón,
entraba en coma, y finalmente moría
en el marco de una horrenda muerte.
Era tal el terror
que los judíos sentían por
la lepra, que la Biblia conservó
dos capítulos enteros dedicados a
ella y a su prevención (Levítico
13-14), cosa que no ocurrió con ninguna
otra enfermedad.
Un muerto en
vida
Pero si el sufrimiento
físico del leproso era terrible,
su situación social era aún
peor. En cuanto a alguien se le diagnosticaba
lepra, inmediatamente se lo expulsaba de
su familia y del pueblo, y no podía
volver a entrar en la ciudad. Estaba condenado
a vivir solo en medio del campo (Lv 13,46),
vestirse con harapos, usar el cabello despeinado,
la boca cubierta con vendas, y mientras
caminaba debía gritar todo el tiempo:
"impuro, impuro" (Lv 13,45). Era, realmente,
un muerto en vida.
La Ley judía
enumeraba 61 contactos que convertían
a alguien en impuro. Y el segundo en orden
de importancia (después del contacto
con un muerto) era el contacto con un leproso.
Bastaba que uno de éstos introdujera
la cabeza en una casa, para que ésta
quedara contaminada desde los cimientos
hasta el techo. Nadie podía acercarse
a menos de dos metros de un leproso; y si
el viento soplaba de su lado, éste
debía alejarse a cincuenta metros.
Había
maestros judíos que se jactaban de
no haber comido un huevo comprado en una
calle por donde había pasado un leproso.
Otros, de arrojarles piedras para que se
fueran. Otros, de esconderse o salir corriendo
cuando los veían de lejos.
Antepasados
sanadores
La purificación
de un leproso, pues, debió de haber
sido un milagro lo suficientemente impresionante
para un judío, como para que Mateo
lo colocara en primer lugar en la lista
de los prodigios hechos por Jesús.
Sobre todo, por la forma asombrosa en que
lo hizo: tocándolo. Algo jamás
visto por un judío. Quizás
no sea exagerado pensar que, para los lectores
de Mateo, la frase más escalofriante
de su evangelio haya sido: "Jesús
extendió la mano, y lo tocó"
(8,3).
Pero había
una segunda razón por la cual Mateo
colocó este relato como el primer
milagro de Jesús. Y es que los grandes
personajes de la tradición judía
habían gozado del poder de curar
leprosos. Así, la Biblia contaba
que Moisés había sanado a
su hermana María de la lepra (Nm
12,9-16), y que el profeta Eliseo había
hecho lo mismo con el general sirio Naamán
(2 Re 5,1-14). Por lo tanto, con este milagro
Mateo quiso también enseñar
a sus lectores que Jesús no era menos
que Moisés, ni menos que el profeta
Elías, los dos grandes antepasados
del pueblo de Israel.
El demonio repetido
Más o
menos por esta misma época, escribió
San Lucas su Evangelio. Y al igual que Marcos,
se dirige a un grupo de cristianos de origen
pagano. Por lo tanto, en su escrito él
prefirió volver al otro "primer milagro"
de Jesús. Es decir, a la curación
del endemoniado en la sinagoga de Cafarnaún
(Lc 4,31-37). De esta manera, esperaba lograr
en sus lectores paganos el mismo efecto
que había logrado Marcos.
Para anunciar
al Mesías
En último
lugar escribe San Juan su Evangelio. Pero
a diferencia de los otros tres evangelistas
(que a lo largo de sus obras habían
querido mostrar que Jesús estaba
dotado de un poder impresionante y de una
gran autoridad), San Juan pretende enseñar
otra cosa.
La comunidad
de Juan estaba enfrentada con grupos de
judíos que rechazaban a Jesús,
y que no lo aceptaban como Mesías.
Por lo tanto, el problema que Juan tenía
no era el de convencer a sus lectores (muchos
de ellos ex-judíos) del gran poder
de hacer milagros que tenía Jesús,
sino de que Él era realmente el Mesías
esperado, el enviado de Dios. Lo dice expresamente
al final de su escrito: "Éstos prodigios
han sido escritos para que ustedes crean
que Jesús es el Mesías, el
Hijo de Dios" (Jn 20,31).
Lo mejor para
el final
Con esta aclaración,
veamos ahora el primer milagro que San Juan
narra de Jesús: "Se celebraba una
boda en Caná de Galilea, y la madre
de Jesús estaba allí. También
Jesús fue invitado a la boda con
sus discípulos. Como el vino se acabó,
la madre de Jesús le dijo: «No
tienen vino». Jesús le respondió:
«Mujer, ¿qué tenemos que
ver nosotros? Mi hora no ha llegado todavía».
Pero su madre dijo a los sirvientes: «Hagan
lo que él les diga».
Había
allí seis tinajas de piedra, puestas
para las purificaciones de los judíos,
de unos 100 litros cada una. Jesús
les dijo: «Llenen las tinajas de agua».
Las llenaron hasta el borde. Jesús
ordenó: «Sáquenla ahora
y llévenla al mayordomo». Ellos
se la llevaron. Y cuando el mayordomo probó
el agua convertida en vino, como no sabía
de dónde provenía (aunque
los sirvientes que habían sacado
el agua sí lo sabían) llamó
al novio y le dijo: «Todo el mundo
sirve primero el buen vino, y cuando todos
están bebidos se sirve entonces un
vino de inferior calidad; pero tú
has dejado el mejor vino para el final».
Esto que hizo Jesús en Caná
de Galilea fue el primer signo. Así
manifestó su gloria, y sus discípulos
creyeron en él" (Jn 2,1-11).
¿Para qué
tanto vino?
¿Por qué
Juan relata este milagro como el primero
de Jesús? Es que según la
creencia judía, cuando llegara el
Mesías, Dios lo festejaría
con una inmensa fiesta de bodas, en la que
el novio sería Dios, y la novia sería
el pueblo de Israel. Ese día Dios
se casaría con su pueblo, y a partir
de ese momento lo cuidaría y serviría
con amor eterno, y ya no lo abandonaría
más. Así lo anunciaba, por
ejemplo, el profeta Isaías: "Como
un joven se casa con una muchacha, así
se casará tu Creador contigo; el
gozo que siente el esposo por su novia,
sentirá Dios por ti" (Is 62,5).
También
el profeta Oseas: "Yo te haré mi
esposa, Israel, para siempre; me casaré
contigo porque te amo entrañablemente;
tú te unirás a Yahvé"
(Os 2,21-22). Y muchos otros profetas.
También
según la tradición, esa fiesta
de bodas se caracterizaría por la
gran abundancia de vino, como lo decían,
entre otros, Amós: "Aquel día,
por los montes y colinas fluirá el
vino como agua" (Am 9,13). Isaías:
"Aquel día Yahvé ofrecerá
a todos los pueblos un banquete con vinos
exquisitos y abundantes" (Is 25,6). Joel:
"Aquel día habrá una cosecha
enorme de trigo, y las bodegas rebosarán
de vino" (Jl 2,24). Incluso un libro apócrifo
de esa época (2 Baruc 29,5) dice,
refiriéndose a las bodas del Mesías:
"Ese día, cada tronco de la vid tendrá
1.000 ramas, cada rama tendrá 1.000
racimos, cada racimo tendrá 1.000
uvas, y cada uva dará 500 litros
de vino".
Adiós
a las aguas
Al mostrar a
Jesús en una fiesta de bodas, San
Juan enseña a sus lectores que la
boda escatológica, es decir, la que
Dios tenía preparada para el final
de los tiempos, ya ha llegado con Jesús.
Si a eso le añadimos
que Jesús en esa boda hace aparecer...
¡600 litros de vino!, una cifra desorbitante
(en ninguna fiesta de pueblo se podría
haber bebido tal cantidad de vino), el mensaje
estaba claro: Jesús es el Mesías
esperado, es el enviado de Dios que trae
el vino abundante; por lo tanto, los últimos
tiempos ya han comenzado.
El milagro de
las bodas de Caná (y todos los milagros
de Jesús, en San Juan), no pretende
mostrar el poder "exterior" de Jesús,
sino su persona "interior". No quiere revelar
"qué puede" hacer Jesús, sino
"quién es" Jesús. Por eso
Juan no lo llama "milagro", sino "signo".
Porque un signo es una señal de otra
cosa (no de lo que se ve); es la huella
de otra realidad más profunda, que
el lector debe descubrir.
Finalmente, si
notamos que los 600 litros de agua que Jesús
reemplaza por vino no estaban en cualquier
recipiente, sino "en las tinajas de piedra
que los judíos usaban para sus purificaciones",
el mensaje es mucho más impactante:
los ritos y las prácticas judías
dejaron de tener valor; han quedado ahora
reemplazadas por el vino de la Eucaristía.
Para que vuelva
la alegría
Cada "primer
milagro" de Jesús contado por los
evangelistas tiene su significado propio.
En Juan nos enseña que Jesús
es verdaderamente el Mesías, el enviado
de Dios, y que no debemos esperar a ningún
otro Salvador. En Marcos (y Lucas) nos dice
que el poder del Mesías está
a nuestra disposición, para derrotar
a las fuerzas oscuras y tenebrosas que nos
oprimen internamente. Y en Mateo nos indica
que Jesús también tiene poder
para vencer las divisiones sociales y las
discriminaciones que nuestra sociedad fabrica
hacia cierta gente "impura".
Cada evangelista
anunció esta Buena Noticia a sus
comunidades de la manera que pudo y con
el lenguaje que supo. En el mundo de hoy,
en que la gente vive agobiada por opresiones
internas, y segregaciones sociales externas,
los cristianos debemos mostrar que el poder
del Mesías sigue vigente en nosotros,
y que podemos repetir el milagro de liberar
a los hombres de las fuerzas sombrías
que los oprimen por dentro y por fuera.
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