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La
crisis argentina actual:
semejanzas
en la formación para la vida consagrada
por
Hno.
Oscar F. Calvo sj
Buchardo
1639
3000
Córdoba
Aunque
Didascalia no trata de ordinario aspectos
sobre la vida consagrada, creemos que el
paralelo con la crisis argentina y el nivel
de reflexión del autor pueden iluminar
muchos de los interrogantes que hoy también
los laicos se plantean.
"Los obispos
estamos cansados de sistemas que producen
pobres, para que luego la Iglesia los mantenga".
La frase de Mons.Bergoglio
deja al descubierto a la Argentina actual,
aunque también se aplica a la mayoría
de los países del Tercer Mundo.
Porque está
denunciando el mecanismo perverso con que
los grupos de poder provocan la pobreza,
y al mismo tiempo, procuran que la Iglesia
-junto a otras denominaciones religiosas
y aconfesionales- les sirvan de contención
y descompresión de conflictos.
La intención
es que el trabajo asistencial y promocional
impida estallidos sociales que pongan en
peligro esos sistemas inhumanos
Sin embargo,
después de diciembre 2001, nuestra
sociedad civil ha comenzado a manifestar
su hartazgo ante tanto desprecio de las
personas y del pueblo.
Vamos aspirando
a un país distinto, con un nuevo
proyecto de nación que sea coherente.
Y con políticas sectoriales que aseguren
salud, trabajo y educación. Y donde
lo asistencial y promocional privado tenga
su función: colaborar con ese proyecto
valedero; pero no ser una simple válvula
de escape.
La crisis argentina
tiene cierto dramático paralelo en
la formación para la vida consagrada,
en cuanto que algunos sistemas formativos
siguen produciendo religiosos/as con una
pobre consistencia vocacional.
"Para que luego..."
las mismas congregaciones que persisten
en esos modelos, "los mantengan" como hombres
y mujeres frustrados, que no viven ni irradian
la alegría de seguir a Cristo. O,
caso frecuente, jóvenes que abandonan
sus institutos después de pocos años
de vida religiosa.
Por supuesto,
no se trata aquí de "mecanismos perversos"
al estilo del neoliberalismo a ultranza.
Pero prescindiendo ahora de lo académico,
y analizando la formación humana
integral, a menudo se constata la desproporción
entre los sistemas aplicados, tanta inversión,
y los pobres resultados obtenidos.
Por suerte, ya
desde bastante tiempo, numerosas congregaciones
están empeñadas en quebrar
tal círculo vicioso. Ya no quieren
seguir fomentando y lamentando efectos indeseados,
sino que han encarado la modificación
de las causas, los sistemas educativos mismos.
Se está
realizando una mayor selección de
los candidatos. Y, sobre todo, de los formadores,
buscando a personas con aptitudes -diríamos
innatas- y con la competencia que van dando
el estudio y la experiencia. Capaces de
captar y comprender los valores y antivalores
con que los jóvenes actuales ingresan
a la vida religiosa.
Cualidades de
un formador
- Lo que es
axiomático en pedagogía
se aplica al buen educador religioso.
Este acepta que quien ingresa al noviciado
y a etapas posteriores, va configurando
su personalidad en la medida que armonice
el recibir de afuera, de otros, con un
asumir creativamente desde sus propias
convicciones, desde los ricos recursos
y motivaciones internas que existen en
cada persona.
- Un formador
personalizante -ni autoritario ni permisivo-
sabe transmitir las modalidades y valores
propios de su instituto. Con su ejemplo
y saber los transmite y propone, no los
impone.
Sabe manejar
la indispensable contención disciplinar,
que supone horarios y prácticas
personales y comunitarias, al mismo
tiempo firmes y flexibles.
Sabe confrontar
a los formandos, de modo que contrasten
sus propias aspiraciones y límites
con los valores que les ofrece la vida
religiosa, concretada en tal congregación.
No hay que
temer las necesarias crisis que surgen
de esa confrontación. El desafío
es acompañar a los jóvenes,
ver cómo se van manejando en
las situaciones conflictivas, hasta
arribar a nuevas síntesis personales.
- Además,
un buen educador consulta de continuo
la realidad socio-cultural para no vivir
en una burbuja, con el riesgo de comunicar
contenidos abstractos y ahistóricos.
Y, muy sensible a los graves y desafiantes
problemas sociales, va modelando la conciencia
y compromiso solidario de quienes tiene
a su cargo.
- Por supuesto,
es indispensable un equipo de formadores,
capaz de ofrecer con su vida misma, modelos
referenciales que sean atractivos para
los formandos. Un equipo con el hábito
de las evaluaciones continuas y sinceras,
es decir, con una sana predisposición
a la autocrítica, valorando sus
propios aciertos y reconociendo las fallas
a subsanar.
Más
aún. Los educadores tienen que
asumir la actitud de aprender de sus
formandos. ¡Todos formamos a todos!
También los más jóvenes
colaboran para ir refundando la Iglesia
y los grupos religiosos. Sobre todo
ellos, proyectados hacia el futuro,
enriquecen los carismas en su aspecto
dinámico de rejuvenecimiento
continuo.
- Con tantas
exigencias, se comprende que no cualquier
persona es apta para esta tarea. No es
para educador -y sí, para otros
trabajos apostólicos- quien tenga
una fuerte y casi compulsiva tendencia
al autoritarismo, camuflado o no de paternalismo.
O quien,
por el contrario, sea permisivo, con
un estilo de "dejar hacer".
Por exceso
de controles y posesividad, o por incapacidad
de establecer cauces de contención,
queda dañada la formación
de la libertad en los jóvenes,
que corren el riesgo de ir plasmando
actitudes y conductas nocivas, sean
sumisas o anárquicas.
Con tales
contraindicaciones -sobre todo en el
acompañamiento espiritual- se
puede perjudicar seriamente a las personas.
En especial,
si el acompañante es autoritario
o paternalista. Es cierto que el "influjo
de personalidad" se da de hecho, y es
imprescindible en cualquier relación
de ayuda (médico, psicólogo,
acompañante...). Con todo, tal
ascendencia requiere un manejo prudente,
que presupone personas con el suficiente
equilibrio para involucrarse afectivamente,
pero no de forma desmedida. Y tampoco,
con una postura de fría distancia
ante los acompañados.
"Situaciones-límite"
en el post-noviciado
No pocas congregaciones
cuentan con buenos formadores para los primeros
años hasta el noviciado inclusive.
Pero, ¿no debieran hacer una sincera
autocrítica sobre las etapas posteriores,
para no seguir lamentándose de los
resultados frustrantes que, en parte, ellas
mismas provocan?
Es inauténtico
por reduccionista, atribuir las frecuentes
salidas de los jóvenes postmodernos
con primeros votos, sólo a su inconstancia
frente a cualquier compromiso definitivo.
Se acepta que
es un condicionamiento muy actual, porque
el modelo neoliberal fomenta el "todo es
descartable y modificable", desde las cosas
materiales a consumir hasta las convicciones
más profundas.
Pero si se absolutiza
ese argumento para justificar las deserciones,
se están utilizando mecanismos proyectivos
que encubren las propias deficiencias y
temores para encarar el problema.
Porque las defecciones
también suelen derivar de enfoques
educativos desacertados -no, malintencionados-
junto a los impactos ambientales que debilitan
la voluntad y afectividad juvenil, y a las
fallas personales de las que, en conciencia,
cada uno es responsable.
- Un modus
operandi que suele conducir a fracasos
vocacionales: Atiborrar sin discreción
a los recién salidos del noviciado,
llenándolos de estudios y trabajos
apostólicos, con el criterio de
que "no tienen que perder tiempo", "se
los necesita ya, en las obras".
De acuerdo,
que el "sistema invernadero" no va más.
Y que la formación requiere una
fuerte experiencia -simultánea
y progresiva- de oración, estudio,
trabajos, comunidad... y tiempo libre.
Pero cuando se aprieta demasiado en
las exigencias, las personas terminan
por quebrarse. Y se van.
Peor aún,
si ya de entrada los jóvenes
son destinados a comunidades que son
conflictivas, no siempre por la edad
sino por serios problemas personales
de algunos integrantes.
Si además
se le suma un excesivo control -a menudo,
con un ingrediente de desconfianza-
por parte de los responsables, tenemos
ya configurado un sistema formativo
que seguirá produciendo abundantes
frustraciones juveniles. "Para que luego..."
siga el carrusel de lamentos o descalificaciones
de los jóvenes actuales.
- También
se da el caso contrario. Estudiantes con
tanto tiempo personal para su vida comunitaria
y académica, que terminan por perder
el tiempo. Y vegetan con exigencias mínimas
tan flojas y light, que van debilitando
su consistencia humana y vocacional.
Aquí,
el referente pueden ser esos universitarios
que -apremiados por el estudio y algunas
horas de trabajo diario para mantenerse-
se disciplinan al máximo.
Simple conclusión
V.S.Naipaul (Nobel
de Literatura 2001), visitó hace
unos años la Argentina dejando sus
impresiones -discutibles- sobre nuestro
país:
"No hay movimiento
hacia adelante, nada está siendo
resuelto. La vida pública en la Argentina
es como la vida de una comunidad de hormigas
o de una tribu de la jungla africana: llena
de acontecimientos, llena de crisis y de
muertes, pero donde la vida es meramente
cíclica y el año siempre termina
como comenzó".
Juicio duro,
y sin embargo, por ahora hasta benévolo,
ya que cada año termina "peor de
lo que comenzó", si atendemos a la
creciente pobreza, desempleo y mortalidad
infantil. Sin contar que las dirigencias
nos han ido defraudando cada vez más.
La formación
de los jóvenes para la vida religiosa:
¿Persistirá siendo en algunas
congregaciones un reflejo de nuestra vida
pública, donde "nada esté
siendo resuelto", y que "el año termine
como comenzó" o peor aún?
Después
del Vaticano II -hace ya 40 años-
comenzó la renovación y actualización
eclesial, entre grandes aciertos y grandes
excesos. Y también, en medio de miedos
que empujaban y empujan todavía a
mirar hacia atrás, para no aventurarse
en cambios sustanciales.
Por entonces,
escribía K.Rahner:
"No apaguen el
Espíritu... Hoy día, lo más
seguro es lo más audaz
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