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¡Queremos
ver a Jesús! (Juan 12, 21)
por
Hermano Genaro Sáenz de Ugarte
El contexto en
el que vivo, tanto desde lo cultural como
desde lo socioeconómico, está
muy marcado por un fuerte y progresivo deterioro.
Me asusta la precariedad en la que vive
esta gente, los chicos y los grandes. A
veces comentamos en la comunidad educativa
si no estará en peligro la misma
humanidad de las personas que atendemos,
ya que viven en situaciones excesivamente
precarias: sociales, económicas,
afectivas, culturales. Me cuesta mirar esta
realidad con esperanza y creer en un futuro
mejor para estas poblaciones, en especial
para las jóvenes generaciones.
En las expresiones
religiosas de lo que se vive...
Pero ese mismo
contexto de vida me ofrece otra visión
cuando presto atención al tipo de
experiencia religiosa que se vive en el
barrio. Da la sensación de que dicha
experiencia religiosa todavía es
como un pequeño universo interior
bastante acotado, definido y protegido,
que permite vivir con un mínimo de
esperanza en Dios y en la vida que Él
regala. Claro que, desde el punto de vista
institucional, se trata de una experiencia
religiosa dispersa y confusa, marcada por
un fuerte sincretismo. De hecho, en este
contexto de orfandad institucional con respecto
a la Iglesia, las experiencias de iniciación
y de acompañamiento en la fe y, sobre
todo, la de pertenencia a un grupo de fe,
brillan por su ausencia o son muy frágiles,
como si no lograran encontrar un "humus"
apropiado en el que poder echar raíces.
Pero observo
que esta misma realidad de orfandad y de
dispersión también aflora
cuando compartimos las diversas experiencias
de catequesis y de educación en la
fe que se viven, hoy, en los contextos más
amplios y pluralistas de nuestras Iglesias
locales. Pienso, en particular, en la imagen
que se tiene de Jesús. Se trata,
en general, de una imagen débil,
parcial y poco significativa. Parece que
sigue teniendo mucha fuerza la referencia
genérica al hecho religioso, a la
fe personal en un Dios todavía difuso
y lejano, como si se viviera la fe al margen
de toda búsqueda, tanto personal
como grupal, sobre todo de una búsqueda
comunitaria.
Esta lentitud
en renovar la imagen de Jesús en
la catequesis me llama mucho la atención
ya que, desde hace más de 50 años,
la búsqueda y la investigación
teológica y catequística han
dado pasos importantes en la renovación
de la cristología. Pero me parece
que, por lo general, la catequesis y la
predicación no logran superar ni
el lenguaje tradicional ni los puntos de
referencia de una cristología desencarnada.
Tender hacia
una Cristología renovada
Creo que es necesario
reformular las preguntas sobre Jesús
y su Misterio en toda persona de buena voluntad
y que está en búsqueda, sobre
todo si es creyente. Esta reformulación
permitiría ofrecer otro tipo de respuestas,
ya que las situaciones vitales que se viven
quedan encuadradas en otros modelos culturales.
Cuando hablamos de preguntas nos referimos
a las siguientes: ¿Quién es
Jesús? ¿Qué experiencia
tenemos de Él? ¿Qué proceso
de búsqueda en la Fe promovemos?
¿Qué presentación hacemos
de la Persona de Jesús y de su Misterio?
¿De qué manera invitamos a entrar
en el Proyecto de Jesús?
En un tiempo
como el nuestro, donde la fragilidad y la
vertiginosidad de la existencia nos amenazan
permanentemente, las respuestas de Fe a
estas preguntas fundamentales tienen que
ofrecer un real sentido a la vida de las
personas. Los tiempos culturales presentes
están cambiando de manera muy profunda
tanto las preguntas que nos formulamos sobre
el sentido de la vida como las respuestas
que damos desde la fe a dichas preguntas.
Sucede, incluso, que la cultura moderna
nos lleva a una evasión tal que no
hay tiempo para hacernos preguntas. Eso
puede explicar el vacío y la desilusión
de mucha gente, incluso creyentes.
Que sea iluminadora
del sentido de fe
Dichos cambios
afectan a nuestra manera de situarnos ante
el sentido de la vida y ante la pluralidad
de formas que va teniendo el hecho religioso.
¿No se nos dice, acaso, que "el hombre
religioso de mañana será un
místico, una persona que haya experimentado
algo, o no podrá ser religioso, pues
la religiosidad de mañana no será
ya compartida como una convicción
pública, unánime y obvia (Karl
Rhaner)?
¿Qué
le está exigiendo todo esto tanto
a nuestra vida de fe personal como a nuestra
tarea de iniciación y de acompañamiento
en la fe? Sabemos que la vida de fe se va
encontrando más y más expuesta
al "no ser compartida como una cosmovisión
pública, unánime y obvia".
Nuestra Catequesis
y nuestra Pastoral nacieron y se desarrollaron
en "la cristiandad". Ahora están
llamadas a a realizar su tarea, más
importante y delicada que en otras épocas,
en un fuerte contexto de confusión
y de pluralismo, cultural y religioso. Creo
que, más que en las décadas
pasadas, los Catequistas y Pastores, en
realidad toda la Iglesia, nos hallamos ante
una coyuntura compleja y desafiante, pero
fascinante y esperanzadora para el anuncio
del Evangelio y para la iniciación
de las nuevas generaciones de cristianos.
Vivimos tiempos parecidos a los de la Iglesia
primitiva. Necesitamos repensar conjuntamente,
con lucidez y con audacia, el futuro de
la iniciación cristiana y del acompañamiento
pastoral de los cristianos. Porque, como
afirman nuestros hermanos cristianos del
hemisferio norte (Europa en particular),
"la presión social de los sectores
increyentes, agnósticos e indiferentes
sólo podrá resistir el cristiano
firmemente arraigado en una experiencia
religiosa sólida, en una vivencia
auténtica y cotidiana del Misterio
de la Gracia" (Ruiz de la Peña, en
"Crisis y apología de la Fe". Sal
Terrae).
Pero sucede que,
entre nosotros, además del desafío
cultural e ideológico va unido el
desafío de la justicia y de la construcción
de una sociedad más igualitaria.
Por eso me parece tan importante "volver
nuestra mirada creyente a Jesús,
el autor y el consumador de nuestra Fe"
(Hebreos, 12, 2). Jesús también
vivió en su época un tiempo
cultural marcado por una gran inestabilidad,
como nos sucede a nosotros. Entrar en el
Misterio de Jesús es, pues, propio
de los tiempos de crisis cultural y social.
¿Qué
nos enseña la experiencia de Jesús?
Al acercarnos
con fe, es decir con honestidad y con cariño,
a la experiencia de Jesús, podemos
entrar en la comprensión de su Misterio.
Lo que Jesús ha sido y ha vivido
nos permite descubrir la originalidad del
Misterio de Dios que Jesús nos revela.
Pero esto supone de nuestra parte algunas
disposiciones interiores muy personales.
Necesitamos estar en búsqueda y a
la espera, como lo estaba el Pueblo de Israel
cuando esperaba al Mesías.
Jesús,
que nació "en la plenitud de los
tiempos" (Gálatas 4,4), ofrece toda
su riqueza siempre y de modo especial cuando
se producen tiempos de crisis y cuando los
hombres se ven desafiados por la salvaguarda
de la humanidad y el crecimiento de la calidad
de vida como humanidad.
Hoy, igual que
en las épocas anteriores de crisis,
los cristianos nos vemos llevados a comprender
a Jesús en su totalidad, es decir,
en su misterio, en su ubicación en
el tiempo cultural, en su proyecto de vida.
Este acercamiento a Jesús lo hacemos
desde y para la vida de fe entendida como
el "seguimiento" de Jesús bajo la
influencia y la presión del "Imperio".
Para Jesús y sus discípulos
se trataba del Imperio Romano. Hoy, para
nosotros, se trata del "Imperio Neoliberal
Globalizado". Jesús estuvo atento
a la realidad del "Imperio" y se defendió
de su ideología y de sus presiones.
Jesús prestó mucha atención
a las diversas estructuras del "Imperio":
la estructura política, la estructura
cultural, la estructura económica
y la estructura religiosa. Así ubicado,
Jesús puede presentar, con palabras
y con hechos, su proyecto y sus opciones:
estar atento y promover a los pobres y a
los excluidos del sistema. Y esto Jesús
lo vive como "experiencia espiritual", es
decir, desde su arraigo en el Padre y con
el deseo de vivir el proyecto del Padre
en el corazón de la historia: "El
Padre no quiere que se pierda ni uno solo
de estos pequeños" (Mateo 18, 14).
Esta revelación
del Padre y de su Proyecto está en
la raíz de la experiencia de Jesús.
+ Porque es "Hijo",
comprende la voluntad de salvación
universal que tiene el Padre.
+ Porque es "Hijo
muy amado", comprende el amor misericordioso
del Padre y las preferencias del Padre por
los que no entran ni cuentan en los sistemas
de los hombres.
+ Porque es el
"Hijo unigénito" nos revela la riqueza
de la "relación filial" que Él
mismo logra mantener con el Padre. En ese
Jesús, que se relaciona con el Dios-Abbá,
nosotros podemos experimentar al Padre,
podemos comprender su rostro, podemos entender
su verdadera identidad y anunciarla. Jesús
vive esta relación con el Padre en
un contexto (en una estructura) religioso
marcado por la rigidez de la ley y por la
superficialidad humana y espiritual. Al
poner al hombre-persona en el centro de
su obrar, al hacer esto desde su condición
de Hijo y de Hermano, Jesús introduce
una novedad en la manera de comprender y
de vivir la fe en Dios. Para Jesús,
no hay vida de fe sin relación explícita
al Padre (Jesús es el Hijo) y al
Hombre (Jesús es el Hermano Universal).
Jesús,
autor y consumador de nuestra Fe
No siempre hemos
comprendido al Misterio de Jesús
de esta manera. Con frecuencia nuestro acercamiento
a Jesús ha estado marcado tanto por
la institución eclesial como por
la institución cultural de turno.
Ahora agrada y llama la atención
el auge de una cristología que busca
relacionar íntimamente al "Jesús
Histórico" (el Hombre Jesús
de Nazaret y su Misterio) con el "Cristo
de la Fe" (el Jesús de la Pascua).
En estos momentos
de cambios culturales tan transcendentales,
una de las piezas claves de nuestro actuar
como Catequistas y como Pastores, es repensar
y construir la "cristología" con
que nos movemos. Necesitamos volver a Jesús,
entrar en su experiencia humana; captar
el Misterio que lo animaba
Porque
a nosotros nos toca entrar en el corazón
de esta cultura, amarla, abrazarla y presentarle,
desde lo que siente y busca, el "sentido"
y la "dimensión" trascendente que
hallamos en la experiencia de Jesús,
hombre de nuestra raza y al mismo tiempo
Hijo de Dios. Como no se cansa de repetir
Juan Pablo II, éstos son tiempos
de un anuncio explícito de Jesús,
el Señor de la historia, el que es
hoy porque fue ayer y será mañana.
"Jesús es el autor y consumador de
nuestra Fe" (Hebreos 12, 2). "Autor y consumador"
de la fe humana y de la fe religiosa. "Autor
y consumador" de la fe en la vida en todas
sus formas y de la fe en el Dios Padre de
quien proviene toda vida. "Autor y consumador"
de la fe en el hombre y de la fe en el compromiso
con el más humilde y marginado.
Se entiende,
entonces, que la clave de nuestra tarea
pastoral pasa por la construcción
de una nueva cristología en nuestras
"comunidades cristianas": comunidades parroquiales,
comunidades educativas, comunidades familiares,
comunidades pastorales
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